Predicando a sordos

Una de las tentaciones que tengo que superar todos los fines de semana es la de suprimir la predicación de la Santa Misa. He observado desde hace ya bastantes años, al menos en las parroquias donde yo sirvo, que puedes decir lo que sea que da la impresión que todo el mundo se ha vuelto sordo y duro de corazón. Ya les puedes predicar sobre la necesidad de la asistencia dominical a la Misa, ya sobre la conveniencia de confesarse frecuentemente; ya les puedes decir que hay que arrodillarse en el momento de la Consagración de la Misa, ya les aconsejes que comulguen de rodillas y en la boca…, parece ser que nadie escucha. Y por supuesto, cualquier mínimo planteamiento de llevar una seria vida espiritual está más que vedado. Si todos los domingos me preparo la predicación y predico es porque recuerdo lo que decía el Señor: “Si no hubiera venido y les hubiera hablado, no tendrían pecado. Pero ahora no tienen excusa de su pecado” (Jn 15:22); o lo que también decía San Pablo: “¡Ay de mi si no predicara!” (1 Cor 9:16). La verdad es que tengo que superar fuertes tentaciones de desánimo y de pensar ¿para qué predicar si todo va a seguir igual?










