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Última actualización: 4/01/2024

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Cuentos con moraleja: "El pincel rebelde"

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pincelrebelde

Había una vez un pincel que era la admiración de todos los demás lápices, pinceles y carboncillos, puesto que con él habían sido pintados los cuadros más hermosos que habían salido de ese taller. Cuando el pintor tenía que realizar una obra de calidad o un trabajo muy importante, siempre acudía a él, puesto que sus suaves cerdas eran las que más finos y delicados trazos dibujaban sobre el lienzo, y le daban un toque especial a cada detalle de la obra. Esto llenaba de orgullo a nuestro amiguito, que solía pasearse orondo por el taller, mirando por encima del hombro a los demás útiles de dibujo, puesto que sabía que él era el mejor. Todas las fibras y acuarelas del taller suspiraban por el galán.

Cierto día, un viejo plumín de tinta china, envidioso porque nuestro amiguito era el centro de la atención femenina del taller, sembró en él una inquietante cizaña. Le dijo:

—¿Tú te crees muy bueno? Pues lamento informarte que tú solo no vales nada. Jamás decides tú qué es lo que pintarás, o qué colores utilizarás, sino que eres un miserable esclavo del pintor que es quien te usa como a él se le da la gana.

 Esto inquietó al pincelito. ¿Sería verdad lo que el plumín había dicho? ¡No! El pintor era bueno… Pero… si era así, ¿qué derecho tenía el pintor de hacer con él lo que quisiera? ¡El pincelito era el que se ensuciaba y el que se desgastaba al raspar contra el lienzo. ¿Por qué había de llevarse los laureles el pintor? La sombra de esta incomodidad quedó flotando en el ánimo del pincel…

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Cuentos con moraleja: "Entender los mensajes de la Divina Providencia"

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tren de vaporp

Sucedió en octubre de 1928. El expreso del Pacífico había salido tres horas antes de la estación de Chicago, y en medio de un terrible temporal de lluvia y viento atravesaba la región próxima al Mississippi. Al llegar la noche, la visibilidad era nula y el potente haz de luz del faro de la locomotora se estrellaba contra la espesa niebla.

De pronto el fogonero una extraña y enorme sombra se agitaba junto a la vía y entre la niebla iluminada. Era algo inexplicable, que jamás había visto, pero que él interpretó como señales desesperadas de alguien que intentaba detener el tren. El maquinista se burló de las visiones del fogonero, pero éste, en un arrebato, manipuló la palanca del freno y el tren se detuvo con una fuerte sacudida.

Maquinista y fogonero bajaron a la vía para efectuar un reconocimiento, e instantes después con una carcajada, el maquinista señaló una pequeña mariposa que se había introducido por una ranura tras el cristal del faro delantero. Las alas del insecto, al proyectarse, aumentadas, como en una pantalla cinematográfica, es decir, sobre el fondo blanquecino de la niebla, fue lo que dieron al fogonero la errónea visión de una sombra que agitaba los brazos para detener el tren. El pobre fogonero bajó la cabeza avergonzado. Sabía que aquel acto impulsivo iba a costarle una dura sanción y tal vez la pérdida del empleo.

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Cuentos con moraleja: "El poder curativo del bigote del león"

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caraleonpeq

Volvió de la guerra con gran alegría de su mujer. Pero no era ya el mismo. Se pasaba el día sentado, la mirada perdida, brusco, sin sonreír, sin contar nada. La esposa buscó al brujo del poblado. Le expuso el caso y pidió algo que curase a su marido.

El brujo le dijo:

—Sí, lo haré, pero necesito un pelo del bigote de un león.

Ella regresó asustada a casa, pero decidió salir en busca del terrible animal. Cuando lo divisó quedó paralizada del miedo, pero el león huyó. Ella salía a la selva cada atardecer: siempre esperaba inmóvil pero cada día se aproximaba algo más. Hasta que por fin, acostumbrado el animal, se acercó y ella le dio un poco de leche. Así una y otra vez, con diferentes “regalos”.

Un día se aventuró a tocarle y el animal no huyó, ronroneando de placer por la caricia.

—Necesito algo de ti pero no deseo hacerte daño —le susurró la mujer cuando ya resultaba cercano y amigo.

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Cuentos con moraleja: "El pueblo que desapareció bajo las aguas"

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Banaue

Hace ya mucho, pero que mucho tiempo, había un misionero en Filipinas destinado a cuidar de los cristianos de varios pueblecitos. Para hablarles del amor de Dios y de los caminos que a veces utilizaba para enseñarles, solía inventarse cuentos sencillos como éste, cargados de una profunda moraleja.

Había en las costas de Filipinas a mediados del siglo XX un pequeño pueblo llamado Hinuatán lleno de pescadores y campesinos bastante descreídos. Sus gentes vivían de la pesca y del arroz que cultivaban en los arrozales de las laderas de las montañas cercanas al pueblo.

Casi en lo alto de la montaña que miraba al pueblo y al mar vivía un anciano con su nieto. Desde allí contemplaban el ir y venir de los pescadores con sus barcas y de los campesinos cuando iban a sus arrozales. Conocían y amaban a todos los vecinos y a éstos les gustaba saber que, desde la altura, el abuelo velaba por ellos con afecto.

Un día, estando ya el arroz casi maduro y las rubias espigas balanceándose al viento y al sol, el abuelo oteaba a lo lejos preocupado. Había percibido algo extraño. A lo lejos se levantaba una gigantesca cortina de agua, como si el mar y el cielo se hubiesen unido. El abuelo se puso la mano en la frente, a modo de visera, para observar mejor. Al cabo de unos instantes, se volvió hacia la casa y gritó:

— ¡Juan! vete al fuego y trae dos tizones encendidos! ¡Corre!

Juan no sabía para qué quería su abuelo el tizón encendido, pero obedeció. El abuelo, cogió uno de los tizones y salió corriendo hacia el arrozal más cercano; al tiempo que le decía a su nieto que le siguiera con el otro tizón. Juan no entendía nada, hasta que vio, lleno de espanto, cómo el abuelo lanzó el trozo de leña encendido en medio del sembrado.

— Pero abuelo, ¿qué hace?

— ¡De prisa, rápido, lanza el tuyo, no te pares, prende fuego!

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Cuentos con moraleja: "La devoción a la Virgen le salvó la vida"

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maríapeq

Una de las cantigas de Alfonso X el Sabio dice así:

Había en Toulouse un conde muy apreciado que tenía por criado a un hombre que hacía una vida como la de un religioso. Entre otros muchos bienes que este criado hacía, amaba más que nada a Santa María, de forma que no quería Oír otra Misa sino la suya. Otros criados que con él andaban le tenían envidia, y procuraban enemistarlo con el conde. Y tanto hablaron con el conde, y de tales cosas le acusaron al hombre, que el conde mandó darle una muerte dolorosa.

Y para que no se supiese qué clase de muerte le iba a dar, el conde mandó llamar presto a un calero, (encargado de hacer hornos de cal) y le mandó encender un gran horno, de leña muy gruesa, pero que no hiciese mucho humo. Y le mandó que, al primer hombre de los suyos que llegara, lo cogiese enseguida y sin demora lo echase al horno, para que ardiese allí su carne.

Al otro día, el conde mandó a su criado calumniado que fuese donde el calero a preguntarle si había hecho lo que le había mandado. Y el criado salió hacía la casa del calero, y cuando ya estaba terminando su viaje, halló una ermita que estaba solitaria, donde celebraban la Misa de Santa María, la Virgen preciosa. Y tan pronto como entró en la iglesia, se dijo:

—Esta Misa, la oiré toda, para que Dios me guarde de peleas y de intrigas vanas y revoltosas.

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Cuentos con moraleja: "El sufrimiento de una espiga"

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Hace unos días cayó en mis manos este maravilloso cuento que, sin conocer su autor, ahora les transmito.

En un trigal, cuyas mieses el sol iba dorando a sus fueros, una espiga arrogante crecía muy cargada de hechizos y ensueños. Era esbelta, gallarda y tan buena, que todo su empeño lo cifraba en crecer y adentrarse en la gloria del Cielo.

El Señor, que sus sueños sabía, la miraba benigno y risueño y firmes promesas le hacía, de atraerla algún día a su Seno. Y la espiga  soñaba y crecía…, y esperando alcanzar sus anhelos, se pasaba las horas jugando en el dulce columpio del viento.

Una tarde muy larga de estío, presentose en el campo un labriego, que con hoz despiadada y  cortante  fue segando el precioso  terreno. Y alarmada decía:

¡A mí no! ¡A mí no!, -la inocente espiguita del cuento.

—¡A mí no! Porque estoy designada para alzarme con mi tallo hasta el Cielo.

Pero el hombre tal vez distraído, derribola de un golpe certero, destruyendo con él su ventura y el  hermoso ideal de sus sueños.

—¡Oh Señor! -exclamó entonces la espiga-, ¡mira, mira, mi Dios lo que han hecho! Ya no puedo llegar a tus brazos, ¡Sálvame!  ¡Sálvame, que me muero!

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Cuentos con moraleja: "La radio perdida"

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transistor pequeño

Tres amigos, al salir del trabajo, quedaron en un parque de la vecindad para charlar un rato. Sentados en un banco comentaban las últimas noticias y algunos chistes. El más joven se llamaba Javier. Los otros le notaron un poco tenso pues estaba esperando la llegada del autobús para ir al hospital a ver a una amiga suya.

De repente su rostro cambió, pues al levantarse del banco vio que el pequeño paquete que había dejado sobre el banco había desaparecido. Estaba seguro de que lo tenía cuando salió del trabajo, pero allí no estaba. Javier comenzó a buscarlo entre unos arbustos que había detrás del banco. Viendo su preocupación, sus amigos le ayudaron en la búsqueda. Era un paquete en el que llevaba un transistor. Y, como para aclarar su preocupación por la pérdida, añadió:

—Me gusta ir al Hospital Provincial de vez en cuanto y visitar especialmente a los enfermos más ancianos que allí se encuentran. El otro día conocí a la señora Elena, una mujer de cerca de 80 años que no tiene familia y siempre está muy sola y triste. Estuve hablando un buen rato con ella, pues necesitaba el consuelo de algún amigo con quien hablar y desahogarse. Hoy, al dejar el trabajo, me dije: “le voy a regalar un pequeño transistor para que no se sienta tan sola”...

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Cuentos con moraleja: "Los binoculares de Dios"

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binoculares

El cuento de hoy trata de un difunto, anima bendita camino del cielo donde esperaba encontrarse con Dios para el juicio final. En la conciencia, además de llevar muchas cosas negras, tenía muy pocas positivas que hacer valer. Buscaba ansiosamente recuerdos de buenas acciones que había hecho en sus largos años de usurero. Después de mucho buscar sólo encontró algunos recibos donde ponía: “Dios me lo ha pagado”.

La cercanía del juicio de Dios lo tenía muy preocupado.

Se acercó despacito a la entrada principal, y se extrañó mucho al ver que allí no había que hacer cola. O bien no había demasiados clientes o quizá los trámites se realizaban sin complicaciones.

Quedó realmente desconcertado cuando se percató no sólo de que no se hacía cola sino que las puertas estaban abiertas de par en par, y además no había nadie para vigilarlas. Hizo palmas y gritó el Ave María Purísima. Pero nadie le respondió. Miró hacia adentro, y quedó maravillado de la cantidad de cosas bonitas que se distinguían. Pero no vio a nadie; ni ángel, ni santo, ni nada que se le pareciera. Se animó un poco más y la curiosidad lo llevó a cruzar el umbral de las puertas celestiales. Y nada. Se encontró dentro del paraíso sin que nadie se lo impidiera.

—¡Caramba — se dijo — parece que aquí deben ser todos gente muy honrada! ¡Mira que dejar todo abierto y sin guardia que vigile!

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Cuentos con moraleja: "La llamada de Dios"

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Taisid, se quedó huérfano de madre desde muy niño, por tanto no tuvo el dulce calor de una madre. Sólo recordaba que siendo él niño, los sacerdotes vestidos de negro se la llevaron un día de casa para siempre.

A los quince años marchó del pueblo en busca de aventuras. Y se enroló en la embarcación de unos piratas y pescadores de perlas. En el barco, casi todos los días había riñas, broncas y golpes. Pero aquella vida aventurera por puertos y mares buscando perlas en el fondo del mar no le daban la alegría y la paz que él buscaba para su alma.

Un día, navegando en mar tranquila, sopló el viento con tal fuerza que los marineros no podían gobernar la embarcación. De pronto, sintieron un fuerte golpe en el fondo de la nave. Esta quedó quieta. Habían encallado.

El jefe de la tripulación llamó al joven Taisid, le hizo ponerse el traje de buzo para que descendiera y observara bien el casco del buque por si había alguna avería. Taisid bajó. Examinó el casco del buque y vio que estaba intacto, pero el barco estaba aprisionado entre dos rocas. Había que esperar, pues, a que subiese la marea para que el barco flotara de nuevo.

Taisid, antes de subir a la superficie, miró a todas partes y vio, con gran sorpresa, un esqueleto humano. Se acercó a él y vio que, rodeándole el cuello, tenía una cadenita de plata y en ella un relicario. Cogió el joven pescador la cadenita y el relicario. Subió a cubierta y dio cuenta al patrón del estado del buque.

Taisid se retiró a su cámara y abrió, lleno de curiosidad, el relicario. Esperaba encontrar dentro de él algún objeto de gran valor. Pero al abrirlo sólo encontró un pedazo de papel que decía:

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Cuentos con moraleja: "Examinad el corazón, no las apariencias"

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Me quedé viuda muy joven y con tres hijos pequeños. Mi casa estaba ubicaba frente a la entrada de la Clínica Universitaria de Navarra, en Pamplona. Para ayudarme económicamente,  alquilaba una habitación a algunos pacientes de la clínica que vivían fuera y buscaban dónde quedarse mientras duraba su tratamiento.

Una tarde de verano mientras preparaba la cena, escuché que llamaban a mi puerta. Abrí y vi a un anciano verdaderamente repugnante.

Es un poco más alto que mi hijo de ocho años.- Pensé mientras miraba su cuerpo pequeño y arrugado. Lo más aterrador era su rostro, deformado a causa de la hinchazón, y las heridas que todavía estaban en carne viva. Sin embargo, su amable y dulce voz contrastó radicalmente el escenario cuando dijo:

—Buenas noches. He venido a ver si usted tiene una habitación disponible tan sólo por una noche. He venido esta mañana desde la costa para un tratamiento y no hay ningún autobús de vuelta hasta mañana temprano.

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Cuentos con moraleja: "El milagro de Cebreiro"

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En realidad este relato no es un cuento sino un hecho real que según cuentan los historiadores ocurrió en la aldea de Cebreiro entre el siglo XIII y el XIV

Los romanos fueron quienes abrieron una vía de acceso a Galicia a través del puerto de Piedrahita del Cebreiro, que tiene 1.109 metros de altitud. Desde allí, se divisan varios montes y valles que forman una bella policromía con sus colores verdes, azules y rosáceos. En el invierno la nieve cubre de blanco muchos días los montes, las casas y el pequeño monasterio.

El camino hecho por los romanos, fue después paso obligado para ir de toda España a Santiago de Compostela. Por él caminaron gentes de diversas razas y peregrinos de la fe, siguiendo el camino trazado por el cielo: la Vía Láctea o Camino de Santiago. Por allí pasaron reyes y príncipes, santos y pecadores, guerreros y gentes de paz. Pasaron y siguen pasando, pues siempre hay razones para ir a Compostela, ganar el Jubileo y postrarse ante el cuerpo del apóstol.

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