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sanantoniomc

3er Domingo de Cuaresma (B) (8 Marzo 2015)

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El templo es casa de oración

Cada vez es más común ver en los templos una pérdida de respeto más generalizada hacia las cosas sagradas. Los fieles que asisten al culto ya no “saben” cómo estar callados, cómo vestir, cómo comportarse. La mayoría de los templos más parecen mercados públicos, centros médicos, pasarelas de moda o pequeñas discotecas para aficionados, que lugares de culto donde se viva y palpe la presencia de Dios y de lo sagrado.

Conforme las personas van entrando en la iglesia se sienten obligados a saludar a todas las personas con las que se encuentran. Y no digamos cuando la celebración litúrgica acaba. Todo el mundo hablando, los niños corriendo, el sacerdote saludando a unos y otros; y el pobre que quiere dar gracias a Dios no encuentra ni un segundo de paz en lo que debería ser una casa de oración. Parece que se nos han olvidado las palabras del Señor: “Mi casa es casa de oración”. De vez en cuando se oye el “chizzz” de un alma piadosa. De momento se hace silencio que sólo dura unos segundos. Poco a poco el rumor de fondo va aumentando hasta que el ruido y la falta de respeto se hacen otra vez presentes.

Hay muchas personas, de las pocas que todavía van a Misa los domingos, que entran y salen de la iglesia (y que incluso han recibido la Comunión en esa Misa), que han hablado con todo el mundo menos con Dios.

 

Recuerdo aquellos tiempos pasados

Recuerdo aquellos tiempos pasados en los que el hombre se descubría al entrar en el templo y la mujer se cubría la cabeza con un precioso velo. Eran signos de respecto y piedad. Luego se acercaban a la pila de agua de bendita, se santiguaban e iban al banco, donde de rodillas, hacían alguna oración preparatoria para la Santa Misa. ¡Qué respeto!, ¡qué belleza!, ¡qué silencio! ¡Y qué lástima porque todo eso se ha perdido! Uno entraba a la iglesia y ya se respiraba santidad y se olía el incienso de una ceremonia pasada. Sólo eso era capaz de preparar tu alma para empezar a vivir la Santa Misa.

Ahora en cambio, entras a la iglesia y se oye el hablar de los que se saludan, el rasgueo de las guitarras que están ensayando los cantos de la Santa Misa, el correr de unos y otros, el ring, ring de los móviles…. y no hablemos de la vestimenta inapropiada, que haría enrojecer a cualquier alma que todavía no hubiera perdido la virtud del pudor. ¡Qué tristeza!, ¡qué vaciedad!, ¡qué locura!

 

El modo apropiado de vestir en el templo

Si me preguntas cuál es el modo apropiado de vestir en el templo yo te responderé: Cualquier vestido que sea considerado digno según nos dicta el sentido común y el lugar sagrado donde nos encontramos.

El vestido que usamos ha de ser siempre digno, pudoroso y adecuado a la situación en la que nos encontramos. En ciertas ocasiones se nos ha de recordar cómo hemos de vestir. Por ejemplo: cuando vamos a participar en una ceremonia de gala en el teatro se nos dice que hemos de vestir “de etiqueta”. Nadie se extraña de ello y todo el mundo intenta cumplir con los cánones. Es más, puede que no te dejen entrar al teatro si no vistes adecuadamente.

Cada vez se va haciendo más frecuente que el sacerdote tenga un grupo de seglares preparados con chal o echarpe para cubrir los hombros de las señoras que van a asistir a una boda o bautizo. A estar señoras se les ha olvidado que van a la Iglesia a asistir a una ceremonia religiosa y no a un desfile de modas.

No es lo mismo rezar en público que en privado. Por las noches cuando rezamos antes de irnos a la cama solemos estar en zapatillas y pijama. En cambio a nadie se le ocurriría asistir a la Santa Misa en pijama. En ambos casos vamos a hablar con Dios pero las circunstancias son completamente diferentes.

El modo propio de vestir de un cristiano ha de tener en cuenta la moda del lugar, la edad, la situación del momento y muchos otros factores. Lo que siempre hemos de cuidar es que lo hagamos con pudor, dignidad y respeto. Hay ciertas prendas de vestir modernas que atentan contra la virtud y el pudor. Es por ello que deberían ser evitadas por un cristiano, y no sólo en la iglesia sino también en la vida cotidiana e incluso en la playa.

 

La postura adecuada durante la celebración litúrgica

La Iglesia nos enseña que hemos de mantener diferentes posturas durante la celebración litúrgica: de pie, sentados y de rodillas. Cada postura corresponde con un momento de la celebración y tiene un profundo significado teológico y espiritual. Nos ponemos de pie para recibir y despedir al sacerdote en señal de respeto; cuando escuchamos el Evangelio en señal de disposición para cumplir lo que allí se nos dice. Nos sentamos en los momentos en los que se nos pide atención para escuchar un mensaje, como es el momento de la homilía. Nos arrodillamos en señal de adoración cuando Jesús se hace realmente presente entre nosotros durante la Consagración, y es mostrado a todos para adorar durante el Cordero de Dios.

Cada vez es más frecuente ver a los fieles de pie durante el momento de la Consagración. Una vez oí decir a un sacerdote que “aquellos que no se arrodillaban ante la presencia de Cristo era porque ya se habían arrodillado ante Satanás”. Ponernos de rodillas ante Cristo que es Dios es signo de nuestro reconocimiento de su divinidad y es señal de adoración. La Sagrada Escritura nos lo dice claramente. Veamos tres ejemplos: “Al Señor tu Dios adorarás, sólo a él darás culto”. (Mt 4,10) O “Porque está escrito: Vivo yo, dice el Señor, ante mí se doblará toda rodilla, y toda lengua confesará a Dios". (Rom 14,11) y también   “…para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese: «¡Jesucristo es el Señor!», para gloria de Dios Padre”.(Fil 2, 10-11)

No seguir estas posturas (salvo caso de impedimento por enfermedad o edad) es falta de respeto, causa confusión en otros fieles e incluso es signo de falta de fe y amor a las cosas sagradas.

 

El silencio debido mientras se está en el templo

Mientras que se está en el templo se ha de guardar silencio y una postura respetuosa. El silencio ha de ser durante toda nuestra permanencia en el templo y no sólo durante la celebración eucarística. Acordémonos de apagar el teléfono móvil, pues rara es la Misa en la que no suena alguno; incluso hay personas que en su falta de respeto, se atreven a responder el móvil dentro del templo.

Recuerdo, porque me lo contaron mis padres, que cuando yo sólo tenía dos años, estaba escuchando la Santa Misa con mis padres y mi hermano mayor, que entonces tenía cuatro años. En un momento de la ceremonia, mi hermano se puso a hablar. Yo, con lengua estropajosa, propia de un niño de esa edad le dije a mi hermano: “Jozé, que en miza no se aba”. Sólo ese gesto ya indicaba cómo mis padres se habían preocupado de enseñarme cómo tenía que comportarme dentro de la iglesia.

Si uno se encuentra con algún amigo o familiar se ha de limitar a hacer un gesto con la cabeza o los ojos y nada más. Tenemos que aprender a comportarnos debidamente mientras nos encontramos dentro del recinto sagrado.

No olvidemos también tomar agua bendita de la pila cuando entremos en la iglesia. Este gesto, hecho debidamente y con señal de arrepentimiento, es capaz por sí mismo de perdonarnos los pecados veniales que hayamos cometido.

 

La virtud de la religión

La religión es la virtud que nos lleva a dar a Dios el culto debido como Creador y Ser Supremo.

Dios es para el hombre el único Señor. Lo ha creado y lo cuida constantemente con su Providencia: la existencia, y cuanto es o posee, lo ha recibido de Él. En consecuencia, el hombre tiene con Dios unos lazos y obligaciones que configuran la virtud de la religión.

La virtud de la religión es un apartado de la virtud cardinal de la justicia. La virtud de la justicia se preocupa de dar a cada uno lo que es suyo. La virtud de la religión se ocupa de dar a Dios lo que es suyo; y en este caso el culto en cuanto que Él es nuestro Creador.

La virtud de la religión y el don de piedad nos conducen ambas al servicio de Dios: la religión lo considera como Creador y la piedad como Padre. La piedad tiene una gran extensión en el ejercicio de la justicia cristiana pues se prolonga no solamente hacia Dios, sino a todo lo que se relacione con Él, como los bienaventurados en la gloria, las almas que sufren en el purgatorio y los hombres que viven en la tierra.

Manifestación de la virtud de la religión es el culto. Se define como culto a los lazos y obligaciones con Dios y que se concretan primariamente en la adoración y alabanza a Dios.

 

El don de piedad

La piedad (humanamente hablando) es la amorosa actitud del corazón que nos lleva a honrar y servir a nuestros padres y allegados.

El don de piedad es uno de los siete dones del Espíritu Santo. Lo recibimos cada vez que lo recibimos a Él, y de modo especial en el sacramento de la Confirmación.

El don de piedad es un regalo de Dios por el que mostramos especial reverencia hacia Dios y las cosas sagradas. Y por el que nos queremos unos a otros por ser hijos de Dios.

El don de piedad es la disposición habitual que el Espíritu Santo pone en el alma para excitarla a un amor filial hacia Dios. Este don, sana nuestro corazón de todo tipo de dureza y lo abre a la ternura para con Dios como Padre y para con los hermanos como hijos del mismo Padre.  Clamar  ¡Abba, Padre!

Dice San Agustín que el don de piedad da a los que lo poseen, un respeto hacia todo lo sagrado. Da espíritu de hijo para con los superiores, espíritu de padre para con los inferiores, espíritu de hermano para con los iguales, entrañas de compasión para con los que tienen necesidades y penas, y una tierna inclinación para socorrerlos.

Este don comunica al alma una unción y una suavidad espiritual que dimanan de los dones de sabiduría e inteligencia, y causa movimientos de dulzura y devoción sensibles. De esta fuente es de donde brotan las lágrimas de los santos y de las personas piadosas.

Este es el principio del dulce atractivo que la lleva hacia Dios, y de la diligencia que pone para servirle. Es también lo que le hace afligirse con los afligidos, llorar con los que lloran, alegrarse con los que están contentos, soportar sin aspereza las debilidades de los enfermos y las faltas de los imperfectos.

El don de piedad y la virtud de la fe van asociadas; cuanto más fe, más piedad. Y lo opuesto también ocurre. Cuando ya no se cree en lo sobrenatural, cuando la presencia de Jesús en la Eucaristía es ya un puro recuerdo…, la piedad se pierde, la persona ya no es capaz de asombrarse ante lo sagrado pues ya no cree que exista. Por fe ponemos a Dios en un pedestal y por piedad nos arrodillamos ante Él cuando está presente. Pero cuando se pierde la fe, bajamos a Dios de las alturas y nos ponemos nosotros en su lugar. ¿Qué objeto pues tiene entonces ponerse de rodillas delante de Él?

La dureza de corazón

El vicio contrario al don de piedad es la dureza de corazón. La dureza de corazón nace del desordenado amor a nosotros mismos. Este amor desordenado nos hace insensibles con todo lo que no sean nuestros propios intereses; hace que veamos sin pena las ofensas a Dios y sin compasión las miserias del prójimo; hace que no nos preocupemos de servir a los demás, a que no soportemos sus defectos, a enfadarnos con ellos por la menor cosa y a conservar hacia ellos en nuestro corazón sentimientos de amargura, venganza…

Un alma que no puede llorar sus pecados, por lo menos con lágrimas del corazón, tiene o mucha impiedad o mucha impureza, como ordinariamente sucede a los que tienen el corazón endurecido.

Es una desgracia muy grande cuando se estiman más los talentos naturales adquiridos que la piedad. Alguna vez veréis a personas, incluso sacerdotes o religiosos, que dicen que ellos prefieren tener un espíritu capaz y trabajador, que no todas esas devociones menudas, que según ellos, son propias de mujeres, pero no de un espíritu fuerte. Llamando fortaleza de espíritu a esa dureza de corazón tan contraria al don de piedad.

El don de piedad, la virtud de la religión y las bienaventuranzas

La devoción es un acto de la virtud de la religión o un fruto de la misma, y como consecuencia, preferible a todas las otras virtudes morales; ya que la religión sigue inmediatamente a las virtudes teologales en orden de dignidad.

La bienaventuranza perteneciente al don de piedad es la segunda: «Bienaventurados los mansos». La razón es porque la mansedumbre quita los impedimentos de los actos de piedad y la ayuda en su ejercicio.

Los frutos del Espíritu Santo que corresponden a este don son la bondad y la benignidad.

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