templo

XXVI Domingo del T.O. (A) (28 septiembre 2014)

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doshijos

El evangelio de hoy nos cuenta la historia de un hombre que tenía dos hijos. Llamando al mayor le dijo que fuera a trabajar a la viña. Este le respondió que iría; pero luego no fue. Más tarde le dijo lo mismo al hijo pequeño. Este se negó en un principio, pero luego se arrepintió y fue.

Valiéndose de esta sencilla parábola el Señor nos transmite una enseñanza muy actual. No basta con decir que uno cree en Dios; también hay que cumplir sus mandamientos. El Señor prefiere a aquella persona que si le ha ofendido se arrepiente y cumple su voluntad, a aquél que le promete ser fiel, pero luego no lo es.

¡Cuántas veces hemos oído: “yo creo en Dios, pero que no se meta en mis cosas”! Ya sabemos lo que dice el apóstol Santiago: “Una fe sin obras es una fe muerte”. Es decir, una persona que dice creer en Dios, pero luego no cumple sus mandamientos, es en realidad un enemigo de Dios. El hombre de hoy día no sólo se ha olvidado de Dios sino que le ha dado claramente la espalda. Eso sí, espera ser contado entre los que entren en el Reino de los Cielos; o al menos cree que no merece el castigo del infierno, pues “no mata ni roba”.

El evangelio de hoy también nos recuerda otra verdad que tendemos a olvidar. Dios es nuestro Señor (y así le llamamos). Eso indica, pues es nuestro señor, que tiene poder sobre nosotros (por eso tenemos que obedecer sus mandamientos).

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¿Qué es orar?

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PREGUNTA: ¿Qué es orar?
RESPUESTA: Orar es hablar con Dios. La oración es un diálogo eminentemente sobrenatural por el cual el hombre, con la ayuda del Espíritu Santo (Rom 8:26), habla con Dios. El P. Alfonso Gálvez la define de un modo muy sencillo y preciso: "La oración surge de la necesidad que Dios ha querido sentir de hablar con nosotros y de la que nosotros sentimos de hablar con Dios". "La oración es la prolongación "ad extra" en el hombre del diálogo intratrinitario". "Dios quiere hablar con nosotros porque nos ama. Pues bien, la oración es la respuesta del hombre a esa invitación al diálogo".

PREGUNTA: ¿Qué diferencia existe entre la oración cristiana y la oración de los orientales (budistas...)?
RESPUESTA: La oración cristiana es eminentemente sobrenatural. La oración oriental es puramente psicológica.

PREGUNTA: ¿Cuántos tipos de oración existen?
RESPUESTA: Depende del modo como la clasifiquemos. Según el contenido, podemos hablar de oración de petición y súplica, de acción de gracias... Si la clasificamos según el modo, puede ser vocal o mental. Y dentro de la oración mental la podemos dividir en meditación y contemplación.

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El pequeño número de los que se salvan

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infierno

Por San Leonardo de Puerto Mauricio

San Leonardo de Puerto Mauricio fue un fraile franciscano muy santo que vivió en el monasterio de San Buenaventura en Roma. Él fue uno de los más grandes misioneros en la historia de la Iglesia. Solía predicar a miles de personas en las plazas de cada ciudad y pueblo donde las iglesias no podían albergar a sus oyentes. Tan brillante y santa era su elocuencia que una vez cuando realizó una misión de dos semanas en Roma, el Papa y el Colegio de Cardenales fueron a oírle. La Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen, la adoración del Santísimo Sacramento y la veneración del Sagrado Corazón de Jesús fueron sus cruzadas. No fue en pequeña medida responsable de la definición de la Inmaculada Concepción hecha poco más de cien años después de su muerte. También nos dio las Alabanzas Divinas, que se dicen al final de la Bendición. Pero el trabajo más famoso de San Leonardo fue su devoción a las Estaciones de la Cruz. Tuvo una muerte santa a sus setenta y cinco años, después de veinticuatro años de predicación sin interrupciones. Uno de los sermones más famosos de San Leonardo de Puerto Mauricio fue “El Pequeño Número de los Que Se Salvan.” Fue en el que se basó para la conversión de grandes pecadores. Este sermón, así como sus otros escritos, fue sometido a examinación canónica durante el proceso de canonización. En él se examinan los diferentes estados de vida de los cristianos, y concluye con el pequeño número de los que se salvan, en relación a la totalidad de los hombres. El lector que medite sobre éste notable texto aprovechará la solidez de su argumentación, la cual le ha valido la aprobación de la Iglesia. Aquí está el vibrante y conmovedor sermón de éste gran misionero.

Introducción:

    Hermanos, por el amor que tengo por vosotros, desearía ser capaz de aseguraros con la perspectiva de la felicidad eterna a cada uno de vosotros diciéndoos: Es seguro que irás al paraíso; el mayor número de los cristianos se salva, por lo que también tú te salvarás. ¿Pero cómo puedo daros esta dulce garantía si os rebeláis contra los decretos de Dios como si fuerais sus propios peores enemigos? Observo en Dios un deseo sincero de salvaros, pero encuentro en vosotros una inclinación decidida a ser condenados. Entonces, ¿qué voy a hacer hoy si hablo con claridad? Seré desagradable para vosotros. Pero si no hablo, seré desagradable para Dios.

    Por lo tanto, voy a dividir éste tema en dos puntos. En el primero, para llenaros de terror, voy a dejar que los teólogos y los Padres de la Iglesia decidan sobre el tema y declaren que el mayor número de los cristianos adultos son condenados; y, en adoración silenciosa de ese terrible misterio, mantendré mis sentimientos para mí mismo. En el segundo punto trataré de defender la bondad de Dios de los impíos, al demostraros que los que son condenados son condenados por su propia malicia, porque querían ser condenados. Así entonces, aquí hay dos verdades muy importantes. Si la primera verdad os asusta, no me guardéis rencor, como si yo quisiera hacer el camino hacia el Cielo más estrecho para vosotros, porque quiero ser neutral en éste asunto; sino más bien guardarle rencor a los teólogos y a los Padres de la Iglesia, quienes grabarán esta verdad en vuestros corazones con la fuerza de la razón. Si vosotros sois desilusionados por la segunda verdad, dad gracias a Dios por esta, pues Él sólo quiere una cosa: que le deis vuestros corazones totalmente a Él. Por último, si me obligáis a decir claramente lo que pienso, lo haré para vuestro consuelo.

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