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Boletín Parroquial - Navidad 2016

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Domingo II del T.O. (A) (15 enero 2017)

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Agnus Dei C

San Juan 1: 29 - 34

Al día siguiente ve a Jesús venir hacia él y dice: «He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es por quien yo dije: Detrás de mí viene un hombre, que se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo. Y yo no le conocía, pero he venido a bautizar en agua para que él sea manifestado a Israel.» Y Juan dio testimonio diciendo: «He visto al Espíritu que bajaba como una paloma del cielo y se quedaba sobre él. Y yo no le conocía pero el que me envió a bautizar con agua, me dijo: "Aquel sobre quien veas que baja el Espíritu y se queda sobre él, ése es el que bautiza con Espíritu Santo." Y yo le he visto y doy testimonio de que éste es el Elegido de Dios.»

Desde el comienzo de la vida pública de Jesús, San Juan Bautista le anunció como aquél que iba a quitar los pecados del mundo. Jesús era el nuevo y definitivo Cordero de Dios. Con el sacrificio del nuevo Cordero, Dios borraría los pecados del hombre y las puertas del cielo se abrirían de nuevo para él.

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Cuentos con moraleja: "El amor y el auténtico sacrificio"

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luceros

Hace años, cuando yo era un adolescente y comenzaba a descubrir a Jesucristo, una de las cosas que me daban más gozo era la posibilidad de ofrecer sacrificios al Señor. Hasta que un día, hablando con mi director espiritual, me dijo que, aunque el sacrificio era muy importante, la caridad, era mucho más agradable a Dios. Para explicarme esta afirmación me contó la historia que yo ahora les transcribo.

Fray Primitivo era un simpático y fervoroso franciscano, que vivió al principio del s. XIII. Según cuentan las crónicas de Espoleto, llegó a conocer a San Francisco en persona; a quien amaba tiernamente y seguía con absoluta fidelidad.

Todas las mañanitas, acabada su labor en el jardín del convento, acostumbraba a salir a pedir por el campo y los pueblos de alrededor con su cesta en la mano: cuando le daban alguna cosa besaba la mano del donante alabando al Señor; cuando recibía una repulsa hacía lo mismo, pues sabía muy bien que tenía que imitar a su Señor.

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Para recibir dignamente la Comunión

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Comunión de rodillas

Cada vez se está haciendo más frecuente ver en nuestras iglesias, por un lado, largas colas para recibir la Comunión en la Santa Misa, y por otro lado, los confesionarios siempre vacíos (ni sacerdotes confesando, ni penitentes). Ante ello me asalta una grave pregunta: ¿Están recibiendo dignamente a Jesús sacramentado aquellos que se acercan a la Sagrada Eucaristía? Recordemos que quien recibe a Jesús en pecado mortal comete un grave sacrilegio. Es más, según nos dice San Pablo: “El que recibe indignamente el Cuerpo de Cristo, está recibiendo su propia condenación”(1 Cor 11: 29)

Conozco hombres y mujeres que acuden frecuentemente a recibir a Jesús Sacramentado, pero nunca los veo acercarse a la confesión. Cuando en alguna ocasión me he referido a ello en la predicación de la Misa esperando ser escuchado, no he visto respuesta alguna. Esas mismas personas han seguido comulgando, pero nunca se han acercado a confesarse. Ante esta preocupante realidad tenemos que buscar las causas y una posible solución.

PREGUNTA: ¿Por qué están los confesionarios vacíos? ¿Por qué muchos cristianos se acercan a recibir la Sagrada Comunión sin haberse confesado en mucho tiempo; es más, en estado de pecado mortal?

RESPUESTA: Primero, porque el sacerdote ya no se sienta habitualmente a confesar. Y segundo, porque se ha perdido el sentido del pecado. No digo que el hombre no peque gravemente, sino porque la conciencia se ha hecho tan laxa y permisiva que ha perdido su delicadeza. Para esa nueva conciencia ya nada es pecado grave. Se oye con frecuencia decir a aquél que se acerca en alguna ocasión a confesarse: “Hace cinco años que no me confieso, pero como no mato ni robo…” Luego, cuando uno empieza a preguntarle: ¿Va usted a Misa todos los domingos? Y otras preguntas comunes de la confesión, descubre que hay cantidad de pecados mortales, pero que para esa persona no tienen importancia alguna. No por eso esa persona deja de ser culpable, pues si ha llegado a esa condición de laxitud de conciencia ha sido en la mayoría de los casos por culpa propia.

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