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XXIX Domingo del T.O. (A) (19 octubre 2014)

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El Tributo al César

1.- Una vez más vemos cómo los fariseos intentan atrapar al Señor. Se acercan a Jesús con la aparente buena intención de oír su opinión respecto a temas trascendentales, pero en realidad no desean escucharlo sino acabar con Él.

  • Para escuchar al Señor, lo primero que necesitamos es rectitud de intención. Poco sacaremos en nuestra oración si no vamos a orar buscándole realmente a Él sino intentando conseguir gracias para satisfacer nuestras propias necesidades. El auténtico amor se preocupa más de dar que de recibir.
  • Lo mismo ocurre cuando nos acercamos a los demás. ¡En cuántas ocasiones ya vamos con ideas preconcebidas! O lo único que queremos es que nos ayuden, escuchen…, pero no mostrar realmente nuestro amor y nuestro deseo de ayudar, comprender…

2.- Hasta los mismos fariseos reconocían muy a su pesar una serie cualidades en Jesús: “Maestro, sabemos que eres veraz y que enseñas el camino de Dios con franqueza…” aunque en este caso tantas alabanzas no procedían de un corazón limpio, sino como resultado de intereses torcidos y egoístas.

  • ¡Cuántas veces también nosotros proferimos alabanzas a otras personas pero nuestro corazón no es recto! Somos más bien sepulcros blanqueados, buscamos intereses ocultos. A veces incluso tantas alabanzas a otras personas lo único que pretenden es hacerles daño, reírse de ellas…

3.- Pero el Señor conoce enseguida el corazón torcido de los fariseos y sus ocultas intenciones. Y es que aunque pretendamos atrapar al Señor, eso no es posible. Él escucha nuestras palabras, pero no las que salen de nuestra boca sino del interior de nuestro corazón. Toda esta “discusión” entre los fariseos y Jesús acabó con una frase que se ha hecho lapidaria: “Dad al césar lo que es del césar ya Dios lo que es de Dios”. Estos fariseos no consiguieron atrapar a Cristo; y además recibieron una lección que es también para nosotros. Nunca puede haber oposición entre lo que nos piden las autoridades del mundo y lo que Dios nos pide. Por eso, demos al César lo que le corresponde; pero no olvidemos que en realidad a quien le pertenecemos es a Dios. Por ello, démosle a Dios lo que a Él le pertenece; es decir nuestra mente, nuestro corazón. En una palabra, nuestra vida. No olvidemos lo que nos dijo San Agustín: “Nos hiciste Señor para ti, y nuestro corazón anda inquieto hasta que descanse en ti”. Sólo Él no puede dar la felicidad que tanto ansiamos.

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El Santo Rosario y el Padre Pío

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padrepioEl amor entrañable del Padre Pío a la Virgen se expresaba de modo particular por el rezo del Santo Rosario. Él siempre llevaba un rosario enrollado en la mano o en el brazo, como si fuera un arma contra toda clase de enemigos. Lo rezaba de continuo. En una nota, dejó escrito: "Diariamente recitaré no menos de cinco rosarios completos"

Sus cohermanos llamaban a Padre Pío "el rosario viviente". "¿hay oración más bella -decía él- que aquella que nos enseñó la Virgen misma? Recen siempre el rosario"

Así aconsejaba a los cristianos:

"Amen a la Virgen y háganla amar! la oración del rosario es la oración que hace triunfar de todo y a todos. Ella, María nos lo ha enseñado así, lo mismo que Jesús nos enseñó el Padre Nuestro"                                      

Padre Pío consideraba a la Virgen Santísima especialmente como Madre,  la Madre de Jesús y después la Madre nuestra espiritual. Son miles de veces que Padre Pío llama a María con el dulce nombre Madre: mamma, mammina mia, mammina bella, etc.

Decía: "¡cuántas veces he confiado a esta Madre las penosas ansias de mi corazón agitado y cuántas veces me ha consolado en mis grandes aflicciones. Al no tener ya madre en esta tierra de angustias, no puedo olvidar que tengo una muy amante y misericordiosa en el cielo. ¡Pobre madrecita mía, cuánto me quiere Lo he llegado a comprobar muchas veces, de manera bien elocuente, al despuntar este hermosísimo mes de mayo. Con qué cuidado me ha acompañado al altar esta mañana. Parecía que no tenía que pensar en otra cosa sino sólo en mí, a fin de llenar mi corazón de santos afectos!

Con el rosario en la mano, pronunciando dulcemente los nombres de Jesús y María entregó su hermosa alma a Dios.

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Octubre, el mes del Rosario

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Resumen de la historia de la devoción al Santo Rosario

 El pueblo cristiano siempre ha sentido la necesidad de la mediación de María, Omnipotencia suplicante, y se multiplican así a lo largo de los siglos las devociones marianas. Sin embargo, entre las devociones a María, con el paso de los años, una se destaca claramente: el Santo Rosario. Se compone de veinte decenas de Avemarías, intercaladas por el rezo del Padrenuestro y del Gloria y añadiéndose al final las invocaciones de las letanías lauretanas. A la oración vocal se une la meditación de los misterios gozosos, dolorosos y gloriosos.

 Hay una primera época en donde los cristianos solían recitar los 150 salmos del Oficio divino. Pero los que no sabían leer los sustituían por 150 Avemarías, sirviéndose para contarlas de granos enhebrados por decenas o de nudos hechos en una cuerda. A la vez se meditaba la vida de la Virgen.

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El pequeño número de los que se salvan

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Por San Leonardo de Puerto Mauricio

San Leonardo de Puerto Mauricio fue un fraile franciscano muy santo que vivió en el monasterio de San Buenaventura en Roma. Él fue uno de los más grandes misioneros en la historia de la Iglesia. Solía predicar a miles de personas en las plazas de cada ciudad y pueblo donde las iglesias no podían albergar a sus oyentes. Tan brillante y santa era su elocuencia que una vez cuando realizó una misión de dos semanas en Roma, el Papa y el Colegio de Cardenales fueron a oírle. La Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen, la adoración del Santísimo Sacramento y la veneración del Sagrado Corazón de Jesús fueron sus cruzadas. No fue en pequeña medida responsable de la definición de la Inmaculada Concepción hecha poco más de cien años después de su muerte. También nos dio las Alabanzas Divinas, que se dicen al final de la Bendición. Pero el trabajo más famoso de San Leonardo fue su devoción a las Estaciones de la Cruz. Tuvo una muerte santa a sus setenta y cinco años, después de veinticuatro años de predicación sin interrupciones. Uno de los sermones más famosos de San Leonardo de Puerto Mauricio fue “El Pequeño Número de los Que Se Salvan.” Fue en el que se basó para la conversión de grandes pecadores. Este sermón, así como sus otros escritos, fue sometido a examinación canónica durante el proceso de canonización. En él se examinan los diferentes estados de vida de los cristianos, y concluye con el pequeño número de los que se salvan, en relación a la totalidad de los hombres. El lector que medite sobre éste notable texto aprovechará la solidez de su argumentación, la cual le ha valido la aprobación de la Iglesia. Aquí está el vibrante y conmovedor sermón de éste gran misionero.

Introducción:

    Hermanos, por el amor que tengo por vosotros, desearía ser capaz de aseguraros con la perspectiva de la felicidad eterna a cada uno de vosotros diciéndoos: Es seguro que irás al paraíso; el mayor número de los cristianos se salva, por lo que también tú te salvarás. ¿Pero cómo puedo daros esta dulce garantía si os rebeláis contra los decretos de Dios como si fuerais sus propios peores enemigos? Observo en Dios un deseo sincero de salvaros, pero encuentro en vosotros una inclinación decidida a ser condenados. Entonces, ¿qué voy a hacer hoy si hablo con claridad? Seré desagradable para vosotros. Pero si no hablo, seré desagradable para Dios.

    Por lo tanto, voy a dividir éste tema en dos puntos. En el primero, para llenaros de terror, voy a dejar que los teólogos y los Padres de la Iglesia decidan sobre el tema y declaren que el mayor número de los cristianos adultos son condenados; y, en adoración silenciosa de ese terrible misterio, mantendré mis sentimientos para mí mismo. En el segundo punto trataré de defender la bondad de Dios de los impíos, al demostraros que los que son condenados son condenados por su propia malicia, porque querían ser condenados. Así entonces, aquí hay dos verdades muy importantes. Si la primera verdad os asusta, no me guardéis rencor, como si yo quisiera hacer el camino hacia el Cielo más estrecho para vosotros, porque quiero ser neutral en éste asunto; sino más bien guardarle rencor a los teólogos y a los Padres de la Iglesia, quienes grabarán esta verdad en vuestros corazones con la fuerza de la razón. Si vosotros sois desilusionados por la segunda verdad, dad gracias a Dios por esta, pues Él sólo quiere una cosa: que le deis vuestros corazones totalmente a Él. Por último, si me obligáis a decir claramente lo que pienso, lo haré para vuestro consuelo.

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