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XXXIII Domingo del T.O. (A) (19 noviembre 2017)

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talentos

Parábola de los Talentos
(San Mateo 25: 14-30)

Conforme nos vamos acercando al fin del año litúrgico, la Iglesia nos presenta en las lecturas de la Misa los pasajes relacionados con el fin del mundo. En ellos aparecen asociadas ideas como:

El mundo fue creado por Dios y a Él le pertenece. Del mismo modo que lo creó, le pondrá un fin.

Nosotros fuimos creados por Dios, recibimos de Él unos talentos, y tendremos que dar cuenta de qué es lo que hemos hecho con ellos durante nuestra existencia en la tierra. Según ello, recibiremos premio o castigo. Aquellos que guardaron los talentos que recibieron de Dios y se dedicaron a vivir su vida también serán juzgados; pero por no haber dado fruto serán condenados al fuego eterno. En cambio aquellos que hicieron producir los talentos recibidos por Dios serán premiados para toda la eternidad.

A través de estos pasajes vemos claramente que la existencia del hombre sobre la tierra no se puede separar de Dios. El hombre fue creado por Dios para darle gloria, amar a Dios y ser amado por Él.

La vida del hombre no tiene sentido si se le separa de Dios. El hombre dispone de todos sus años en la tierra para comprender esta realidad y vivirla. Al final de sus días será premiado o castigado según haya actuado.

Frente a estas enseñanzas vemos el modo de pensar y proceder de la sociedad actual. Una sociedad que ha dado la espalda a Dios en sus creencias, leyes, costumbres… El fin de la misma no puede ser bueno,  a no ser que cambie y vuelva a Dios.

Nosotros no podemos hacer mucho para cambiar la sociedad, pero sí podemos cambiar nosotros mismos. Al fin y al cabo, lo que Dios juzgará no será la sociedad sino a las personas. Serán las personas las que recibirán premio o castigo.

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Cuentos con moraleja: "La mejor maestra"

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classroom acoustics

El presente cuento es un homenaje a ese profesor “especial” que probablemente todos hayamos tenido en nuestra vida, y que gracias a su ejemplo y buen hacer, marcó la diferencia en nuestro aprendizaje y ahora permanece para siempre en nuestro recuerdo.

*** *** ***

Su nombre era señorita Thompson, maestra del pueblecito de Saint Gabriel (Louisiana) a orillas del Mississippi. Mientras estuvo al frente de su clase de quinto, el primer día de clase lo iniciaba diciendo a los niños una mentirijilla. Como la mayor parte de los profesores, ella, mirando a sus alumnos les decía que a todos los quería por igual. Pero eso no era posible, porque ahí en la primera fila, desparramado sobre su asiento, estaba un niño de once años llamado Teddy Stoddard.

La señorita Thompson había observado a Teddy desde el año anterior y había notado que él no jugaba con otros niños, su ropa estaba muy descuidada y la higiene corporal no era una de sus principales virtudes. Teddy comenzaba a ser desagradable. Llegó el momento en que la señorita Thompson disfrutaba marcando los trabajos de Teddy haciendo una gran X y colocando un cero muy llamativo en la parte superior de sus tareas.

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La Comunión Espiritual

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comunion espiritualSegún nos dice el Concilio de Trento, la comunión espiritual es un ardiente deseo de alimentarse con el Pan celestial, unido a una fe viva que obra por la caridad, y que nos hace participantes de los frutos y gracias del Sacramento. En otros términos: los que no pueden recibir sacramentalmente el Cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo, lo reciben espiritualmente haciendo actos de fe viva y de caridad fervorosa, con un ardiente deseo de unirse al soberano Bien, y por este medio se disponen a participar de los frutos de este Divino Sacramento.

Considera bien lo que voy a decir para facilitarte una práctica que tantas utilidades proporciona. Cuando el sacerdote va ya a comulgar, estando con gran recogimiento interior y exterior, modestia y compostura, excita en tu corazón un verdadero dolor de los pecados, y date golpes de pecho para significar que te reconoces indigno de la gracia de unirte a Jesucristo. Después ejercítate en actos de amor, de ofrecimiento, de humildad y demás que acostumbras hacer al acercarte a la Sagrada Mesa, añadiendo a esto el más ardiente y fervoroso deseo de recibir a Jesucristo, que, por tu amor, está real y verdaderamente presente en el augusto Sacramento. Para avivar más y más tu devoción, figúrate que la Santísima Virgen, o tu Santo Patrón, te presenta la Sagrada Hostia, y que tú la recibes en realidad y como si abrazaras estrechamente a Jesús en tu corazón, y repite una y muchas veces en tu interior estas palabras dictadas por el amor:

“Venid ¡Jesús mío! mi vida y mi amor, venid a mi pobre corazón; venid y colmad mis deseos; venid y santificad mi alma; venid a mí, ¡dulcísimo Jesús! Venid”.

Permanece después en silencio, contempla a tu Dios dentro de ti mismo; y como si hubieses comulgado realmente, adórale, dale gracias y haz todos los actos que se acostumbran después de la Sagrada Comunión.

Ten por cierto que esta Comunión espiritual, tan descuidada por los cristianos de nuestros días, es, sin embargo, un verdadero y riquísimo tesoro que llena el alma de bienes infinitos; y, según opinión de muchos y muy respetados autores, -entre otros el P. RODRÍGUEZ, en su obra De la perfección cristiana-, la Comunión espiritual nos da múltiples gracias. En efecto, aunque la recepción real de la Sagrada Eucaristía produzca por su naturaleza más fruto, puesto que, siendo sacramento, obra por su propia virtud; puede no obstante suceder que un alma deseosa de su perfección haga la Comunión espiritual tan humildemente, con tanto amor y devoción, que merezca más a los ojos de Dios que otro comulgando sacramentalmente, pero con menor preparación y fervor.

Tomado de “EL TESORO ESCONDIDO DE LA SANTA MISA” por San Leonardo de Porto Maurizio

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Un maravilloso regalo de Dios: La Unción de los Enfermos

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El primer regalo y uno de los más importantes que recibimos de Dios es la vida. Sin la vida no podríamos seguir gozando los demás regalos que vendrán después. Regalos como la familia, la filiación divina, la Eucaristía, la Virgen María…, y el útlimo de todos, el cielo.

La vida consta de dos partes: una breve aquí en la tierra, y otra eterna cuando nuestros días en esta tierra hayan acabado. La vida aquí en la tierra tiene un objeto principal: demostrarle a Dios que le amamos a Él y a nuestro prójimo. Si así lo hacemos, el paso a la vida eterna será para gozar junto a Dios, María, los santos y los nuestros que allí se encuentren. Por el contrario, si durante esta vida le damos la espalda a Dios y sólo nos preocupamos de construirnos un gran paraíso terrenal, cuando llegue Dios a pedirnos cuentas encontrará que aquello para lo que Dios nos creó estaba sin hacer, y por lo tanto no nos podrá dar premio, sino castigo. Castigo que será para toda la eternidad.

Son pocas las personas que buscan realmente a Dios en esta vida. La gran mayoría creen en Dios, rezan, asisten a Misa los domingos…, pero se preocupan más de vivir “su vida” y “fabricarse su paraíso” que de amar a Dios sobre todas las cosas. Es por eso que a estas personas tampoco les espera un futuro muy halagüeño, sino más bien todo lo contrario. A no ser que cambien.

Como Dios conocía muy bien al hombre, instituyó dos sacramentos para ayudarnos mientras estamos en este mundo: uno la Confesión. Para arrepentirnos de nuestros pecados, ponernos de nuevo en paz con Dios y darnos una nueva oportunidad de enmendar el camino. Y el otro, la Unción de los Enfermos. Que es la última oportunidad que tenemos para hacer “las paces” con Dios y ser merecedores de ir a su Reino.

Estos dos sacramentos han caído prácticamente en desuso como consecuencia de un engaño del demonio.

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