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3er Domingo de Pascua (B) (19 abril 2015)

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Lc 24: 35-48

Ellos, por su parte, contaron lo que había pasado en el camino y cómo le habían conocido en la fracción del pan.

Las experiencias que nosotros tenemos cuando estamos junto a Jesús pueden ser de mucha utilidad para otras personas.

Estaban hablando de estas cosas, cuando él se presentó en medio de ellos y les dijo: «La paz con vosotros.»

Cuando el Señor resucitado se presenta ante sus apóstoles y muchos otros, el evangelio lo suele hacer siempre de un modo un tanto “misterioso”: “se presentó en medio de ellos”, “estando las puertas cerradas se presentó en medio de ellos”, “lo reconocieron al partir el pan”; como queriendo hacer notar que el cuerpo resucitado de Jesucristo tenía unas propiedades especiales sobre las cuales no nos da más detalles.

Sobresaltados y asustados, creían ver un espíritu. Pero él les dijo: «¿Por qué os turbáis, y por qué se suscitan dudas en vuestro corazón? Mirad mis manos y mis pies; soy yo mismo. Palpadme y ved que un espíritu no tiene carne y huesos como veis que yo tengo.» Y, diciendo esto, les mostró las manos y los pies.

A pesar de que Jesús le pregunta ¿por qué dudáis? Él se abaja y les enseña las manos y los pies que estaban traspasados por los agujeros de los clavos; incluso luego les ofrece que le palpen para que comprueben que no es un fantasma, sino que tiene carne y huesos.

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Jorgito tiene dos mamás

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Jorgito es un niño afortunado y lo sabe: tiene dos mamás. Esta circunstancia no debería ser algo exclusiva de Jorgito y su familia, pero, por lo que observa a su alrededor, es algo que solo conocen ellos.

Jorgito tiene a su mamá en la tierra, que le quiere con locura y cuida de él; pero también y más importante, tiene a María, su mamá del cielo, que le quiere aún más. Al principio le costaba creer en lo que le decía su madre terrenal: “Jorgito, yo te quiero mucho, muchísimo; no obstante, en el cielo, María, te quiere aún más”. Mas, conforme han ido pasando los años (y los hermanos), lo ha ido comprendiendo. Y es que, cada vez que su mamá pierde la paciencia con ellos (cosa algo frecuente), cada vez que no consigue prestarles la debida atención (conforme exigencias mundanas) o cada vez que le sobreviene la tentación de que les falla, les anuncia con solemnidad:

—Hijos míos: donde mamá no puede llegar, ¡llega María!

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La conciencia moral, clases y formación

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La conciencia moral, tipos y su formación

 

“Pondré mi Ley en su pecho y la escribiré en su corazón, y Yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo”.(Jer 31:33)

 

La ley de Dios es una norma objetiva hecha por Dios mismo para el hombre y para todas las cosas creadas. Esta ley es puesta por el mismo Dios en el corazón del hombre (conciencia) para que él pueda conocer lo que es bueno y lo que es malo sin mucho esfuerzo. Ahora bien, debido a las limitaciones propias del ser humano y las desviaciones que todos tenemos como consecuencia de nuestros pecados, esta ley escrita en nuestros corazones -que es clara de suyo- puede oscurecerse y cometer errores a la hora de juzgar sobre la moralidad concreta de los actos humanos. Es por ello, que para que no haya duda ni error, Dios la revela en sus mandamientos e instruye a la Iglesia para que nos los enseñe. La conciencia caminará segura y con verdad siguiendo las leyes de Dios si intenta vivir virtuosamente, cuida formarla adecuadamente y elimina los errores que pudiera haber en ella.

En este artículo sólo analizaremos brevemente lo que es la conciencia moral, los tipos de conciencia y la formación de la misma. No nos ocuparemos aquí de analizar la moralidad de los actos, ni de aquellas cosas que pueden modificar la moralidad de los mismos. Ni tampoco de otros temas relacionados  como la objeción de conciencia y el principio de doble efecto. Estos temas podrían ser analizados en un próximo artículo si fuera conveniente.

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