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XXV Domingo del T.O. (A) (24 septiembre 2017)

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obreros vina

Cuando se lee este pasaje de los obreros enviados a trabajar en la viña del Señor, el primer pensamiento que nos viene, si uno no tiene muchos principios cristianos, es el de concluir que el Señor fue un poco injusto pues le pagó lo mismo a los que apenas habían trabajado; o no les pagó más a los que habían aguantado todo el peso del día y el calor. Es la misma impresión que se tiene cuando una persona que ha vivido una vida disipada y en continuo pecado se convierte antes de morir y se arrepiente sinceramente ante Dios. La Iglesia siempre nos ha dicho que esa persona también va al cielo. En ese momento uno piensa: “¿Y uno que ha vivido toda su vida luchando por evitar el pecado y reprimiéndose para no hacer cosas malas va a recibir el mismo premio que ése que ha sido toda su vida un sinvergüenza?”

Nuestro amor al Señor es a veces tan poco sincero y profundo que pensamos así; y se nos olvida que hemos tenido toda una vida de dicha junto al Señor. Uno que piensa así es porque no conoce realmente lo que es amar a Dios. Que gracias a que hemos intentado estar siempre con Él, trabajando en su viña, hemos sido libres y felices.  

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El Padre Pío y la Santa Misa

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Padre Pio

Hoy, 23 de septiembre, celebramos la entrada en la eternidad de San Pío de Pietrelcina. Su testimonio sacerdotal aún sigue motivando a los fieles, especialmente a los sacerdotes, para que no dejemos de ser fieles hasta el fin, yendo como el ciervo a las fuentes de agua viva, que saltan hasta la vida eterna.

El Padre Pío nos enseña la fidelidad a las pequeñas cosas, y a vivir de lo sobrenatural. Por esto nada mejor que volver a repasar su visión (que es la del mismo Dios), acerca de los sacramentos, en particular de la Santa Misa, y de las disposiciones que deben tener aquellos que la celebran, es decir, los sacerdotes.

Reproduzco, por esto mismo, una entrevista que le hiciera un hijo espiritual suyo, acerca de la renovación del sacrificio de la Cruz, publicada en “Así habló el Padre Pío” («Cosí parlò Padre Pio», San Giovanni Rotondo, Foggia, Italia).

«Padre, ¿ama el Señor el Sacrificio?

Sí, porque con él regenera el mundo.

¿Cuánta gloria le da la Misa a Dios?

Una gloria infinita.

¿Qué debemos hacer durante la Santa Misa?

Compadecernos y amar.

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Cuentos con moraleja: "¿Escucha Dios nuestras oraciones?"

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hombre rezando

Un joven fue a una reunión bíblica en la casa de un matrimonio amigo. El matrimonio dividió el estudio entre oír a Dios y obedecer la palabra del Señor. El joven solo quería saber si Dios aún hablaba con las personas y escuchaba sus oraciones.

Después de la reunión, se fue a tomar un café con los amigos. Eran aproximadamente las 10 de la noche cuando el joven se despidió de sus amigos y se dirigió a su casa.

Ya en su coche, comenzó a pedir:

—Señor Si aún hablas con las personas, habla conmigo. Yo te escucharé. Haré todo lo que me digas.

Mientras conducía por la avenida principal de la ciudad, tuvo un pensamiento muy extraño, como si una voz hablase dentro de su cabeza:

—¡Para y compra un litro de leche!

 Movió su cabeza y dijo en voz alta:

—¿Eres tu Señor?

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Aprendiendo a amar a nuestra Madre

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Imágenes de la Virgen María

Hace unos años tuve el caso de un señor de unos 70 años que no era católico, pero que venía a mi iglesia todos los domingos a la Santa Misa. Pertenecía a una de las miles de denominaciones protestantes. Después de varios años oyendo la Santa Misa, escuchando las predicaciones y asistiendo a cursos bíblicos y teológicos que impartía, me preguntó un día: Padre, ¿qué tengo que hacer para ser católico? Yo le expliqué el proceso, que no iba a ser largo pues ya tenía toda la formación necesaria y aceptaba todas las enseñanzas católicas. Lo único que le quedaba por hacer era la profesión pública de su fe católica. No necesitaba bautizarse de nuevo, pues según preguntamos en el obispado, el bautismo que había recibido en su anterior confesión era válido.

Después de todos los preparativos necesarios, un día antes de celebrar la Santa Misa, y con toda la congregación reunida, él hizo públicamente confesión de su fe y rezó el Credo. Desde ese momento ya participó plenamente en la Santa Misa, recibía la Eucaristía...

Pasaron unos meses y un día le pregunté: ¿Qué tal? ¿Cómo va todo? El me respondió: Perfectamente Padre. Y así creía yo también, pues nunca faltaba a la Santa Misa, se confesaba frecuentemente, etc. Hasta que se me ocurrió preguntarle si rezaba el Santo Rosario. Él me respondió: No rezo ni el Rosario ni el Ave María. Son dos oraciones que no me dicen mucho. Yo sé quién era María, y le agradezco mucho el haber sido la Madre de Jesucristo; pero la verdad es que no le tengo mucha devoción.

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