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XXX Domingo del T.O. (A) (26 octubre 2014)

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MANDAMIENTO NUEVO LES DOY

El domingo pasado veíamos cómo los saduceos intentaban atrapar a Jesús para tener de qué acusarlo. Este domingo son los fariseos los que quieren atrapar a Jesús. Ante este rechazo habitual del hombre para aceptar a Cristo cabe preguntarse, ¿por qué le cuesta tanto al hombre aceptar a Cristo? ¿Por qué le es más fácil aceptar el mal y la mentira que el bien y la virtud? La respuesta es sólo una: la corrupción del corazón del hombre como consecuencia del pecado. Cuanto más empecatado está nuestro corazón, más sucio lo tiene, y como consecuencia le es más fácil aceptar las proposiciones del demonio que de Dios.

Cristo vino a cambiar esto. Él quiere cambiar el corazón del hombre desde dentro haciéndole una criatura nueva. Para ello le da su gracia a través del Espíritu Santo. Pero para ello, el hombre ha de dar el primer paso: arrepentirse y abrir su corazón a Cristo. Sin este primer paso, Cristo tiene las puertas cerradas y no tiene acceso a nosotros.

El que se arrepiente y abre su corazón a Jesús, se encuentra ante un mundo nuevo; un mundo de libertad, alegría, gracia –ya para esta vida-, y luego la felicidad eterna en la vida venidera.

Cambiemos pues nuestra actitud frente a Cristo. No vayamos a su encuentro, como hacían los saduceos y fariseos, para atraparle; sino que abramos humildemente nuestro corazón a Él. Recordemos algunas de las promesas que Cristo nos hizo:

Mt 16:24-26 “Entonces Jesús dijo a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame. Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, la hallará. Porque ¿qué aprovechará al hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su alma”.

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Festividad de Todos los Santos (1º noviembre)

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All-Saints

"El Día de Todos Los Santos es una solemnidad cristiana instituida en honor de Todos los Santos, conocidos y desconocidos, según el papa Urbano IV, para compensar cualquier falta a las fiestas de los santos durante el año por parte de los fieles. En los países de tradición católica, se celebra el 1 de noviembre

Historia

La Iglesia Primitiva acostumbraba celebrar el aniversario de la muerte de un mártir en el lugar del martirio. Frecuentemente los grupos de mártires morían el mismo día, lo cual condujo naturalmente a una celebración común.

En la persecución de Diocleciano el número de mártires llego a ser tan grande que no se podía separar un día para asignársela. Pero la Iglesia, sintiendo que cada mártir debería ser venerado, señaló un día común para todos. La primera muestra de ello se remonta a Antioquia en el Domingo antes de Pentecostés.

Gregorio III (731-741) consagró una capilla en la Basílica de San Pedro a todos los Santos y arregló el aniversario para el 1 de noviembre. La basílica de los Apóstoles que ya existía en Roma, ahora su dedicación sería recordada anualmente el 1 de mayo. Gregorio IV extendió la celebración del 1 de noviembre a toda la Iglesia, a mediados del siglo IX.

La vigilia parece haber sido llevada a cabo antes que la misma fiesta. Y la octava fue adicionada por Sixto IV en el siglo XV. Esta vigilia, resultó sin embargo, coincidir con la celebración pagana de Samhain el 31 de octubre, ahora llamado Halloween (nombre que proviene de la frase "All hallow's Eve" o "Víspera de Todos los Santos" entre los anglosajones), que marcaba el final del año celta.

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Rezando por nuestros difuntos: El Purgatorio

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purgatorio 3 C

El Purgatorio es la obra maestra de la justicia y de la misericordia de Dios. San Juan en el Apocalipsis nos dice que nada manchado puede entrar en la Jerusalén celeste, esto es, en el Paraíso (Apocalipsis 21, 27)

Pocas son, sin embargo, las almas privilegiadas que llegan al momento supremo de la muerte con la inocencia bautismal. El Espíritu Santo nos dice que aun el justo peca siete veces, o sea, muchas (Proverbios 24, 16). Todos faltamos y nos manchamos con muchas culpas, si no mortales, por lo menos veniales. Es cierto que con el arrepentimiento y con los Sacramentos podemos obtener el perdón de la misericordia divina, pero queda siempre la pena temporal que pagar. Para ello no es suficiente la pequeña penitencia que nos impone el confesor y las pocas penitencias y mortificaciones que nosotros mismos hacemos voluntariamente. Además, ¿quién nos asegura que en el momento de la muerte podremos lavar todas las culpas, aun las veniales, con una buena confesión? Desgraciadamente, aun cuando –como esperamos– nos presentemos delante del tribunal de Dios sin culpas graves, tendremos todavía muchas deudas que pagar y muchas imperfecciones que purificar.

¿Y entonces? La justicia de Dios no nos puede admitir, imperfectos como estamos y manchados, a la bienaventuranza eterna, al goce purísimo de su visión. ¿Nos rechazará entonces como rechaza de sí a quienes mueren en pecado mortal y son condenados al fuego eterno? No. Si la justicia de Dios es infinita, también lo es su misericordia. He ahí el Purgatorio, donde las almas muertas en gracia de Dios, pero llenas aún de escorias, imperfecciones y deudas temporales que pagar, encuentran el modo de purificarse y de hacerse dignas del premio eterno. Agradezcamos a Dios este gran don que es el último de la cadena preciosa de su misericordia infinita y que un día nos permitirá subir puros y limpios al cielo.

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